Mostrando entradas con la etiqueta Virus. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Virus. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de diciembre de 2021

207. Pasotismo

He comenzado a redactar esta entrada el miércoles 22 por la tarde. Por consiguiente, el Gordo ya había repartido sus efluvios. He escrito el vocablo (efluvios) aposta. Y no vayan a pensar en lo de la envidia cochina. Si te cuento que hace muchos años que mis compras se limitan a un décimo a compartir con tres compañeros del gremio, lo mismo no me creerías. Hecha la salvedad de este año, en que el precitado décimo (palmero en esta ocasión) se duplicó para que los hermanos disfrutaran del… conjunto vacío. Uno debe cooperar hasta con las decepciones.

Pero no era ese el tema que me sentó ante el teclado. Si les confesara que lo hice altamente preocupado por el número de contagios en Canarias, en Tenerife y en Los Realejos, quizás me acompañen en los desasosiegos. Porque se me dirá que la presión hospitalaria es mucho menor que en olas anteriores, que las vacunas están cumpliendo con sus cometidos, que los síntomas parecen ser menos agresivos… Vale, de acuerdo, pero cuando uno ya tiene sus años –que se dice– no le gustaría espicharla por cualquier bobería o despiste. Así de claro.

Te conté días atrás que iba por la calle caminando y creo estar en un tiovivo. O en un tobogán. Y no me sueltes que son los nervios, porque ¡te salto al cogote! Observo las tremendas colas para todo y no sé si habrá calculadora después de Reyes que procese las cantidades que se avecinan. Vivo sin vivir en mí. A perdonar, Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, por la apropiación indebida.

Se escucha con frecuencia que el pasotismo político adquiere tintes alarmantes. No quiero ser tan simplista porque el quehacer público no es ni más ni menos sino el reflejo de una sociedad sin rumbo fijo. El regirnos por unos cánones predeterminados supone un esfuerzo tal, que no estamos dispuestos a semejantes sacrificios. Y en este particular pandémico, todos cargamos con una cuota de responsabilidad. Con la circunstancia agravante de que si uno hace dejación de la misma, el resto se ve expuesto, inexorablemente, a un cambio radical.

Ahora ya es jueves. Dieciocho horas. La Gomera pasa a nivel 2 (me imagino que a instancias de Casimiro) y se restringe el horario del denominado ocio nocturno. Nada más tras el Consejo de Gobierno. Que pasen estas fiestas y ya luego se verá. Eso sí, continuos llamados a la responsabilidad individual. Pero los cabritos se pasarán por el forro los discursos del bien quedar. Esta mañana di un par de vueltas en el Polígono de La Gañanía –ahí donde estaba un puesto de vacunación masiva– y los restos vidriosos del último botellón eran bien patentes. Porque de nada vale el que cierren las discotecas, por ejemplo, a la una de la madrugada, si luego hay carta blanca para que continúe el jolgorio hasta bien entrada la mañana en cualquier rincón. En mi pueblo –para no ir más lejos– no podrá, en manera alguna, el mismísimo Jefe de Seguridad (con mayúscula, en consonancia a los haberes percibidos) atender a tanto caldero al fuego. Su elevado sueldo no  está para semejantes nimiedades. Y no lo podemos culpar por el hecho de que nuestro alcalde lo haya contratado en vez de hacerlo con tres policías para incrementar el disminuido cuerpo local. Ya el dicho lo pone de manifiesto: hay hijos y entenados.

Viernes 24. Esta noche es la consabida y mañana Navidad. Dos años llevamos que no es posible acercarnos a Punta Brava, lugar donde hemos celebrado la Nochebuena familiar desde hace unos cincuenta años, más o menos. Creo que más que menos. Allí, en la calle Tegueste –la de los derrumbes y clausura– a la orilla de la mar bravía, la tradición se cumplía a rajatabla. Con ausencias, pero con renovadas presencias. El bicho –¿hasta cuándo va a seguir mutando?– persiste. Pero los imbéciles, más. Los negacionistas invocan derechos y libertades. ¿Y nosotros qué, capullos? Estamos sufriendo las consecuencias de un decreto mal redactado. Mejor, mal titulado. Hace ya unas cuantas décadas de aquella norma que regulaba derechos y deberes del alumnado. Y se me ocurrió –ya te lo he contado en anteriores ocasiones– indicarle al consejero de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias que, simplemente, pusiera antes los deberes. Porque, a buen seguro, interiorizaría mucho más. Calaría más hondo y surtiría efectos colaterales pertinentes. Como la responsabilidad. Ni el más puñetero caso. Quién era yo, modesto maestro de escuela, para disquisiciones de tal porte.

Sábado 25. Acabo de regresar de Las Abiertas. Aproveché para podar unos poyos de hortensias. O flor de mundo. Acudo a los cauces oficiales y compruebo que las cifras siguen siendo preocupantes. Al menos para un servidor. La cantinela de que no bajemos la guardia, hasta en la sopa. Las primeras semanas de enero se prometen bastante entretenidas. ¿Pesimista? Quizás. Fíjense en la fecha de esta otra foto. Desde ese entonces, no ha habido ni un recordatorio por parte de mi ayuntamiento. Debió ser por el alumbrado navideño que ya se colocaba y en las fiestas... somos el number one.  Pues la modifico yo. ¡Ah!, se acabó la erupción.

Domingo 26. Programo esta entrada para mañana y recuerdo que hace 48 años estaba a punto de entrar a mi última misión en Hoya Fría como oficial de guardia. Cuando salí del servicio y me vine a casa en el flamante Fiat 128, con matrícula TF 5236-C, mi mujer estaba a punto de dar a luz. Pero esa es otra historia. Cuídense de cualquier agente externo. Y mañana es 28. Inocente, inocente.

jueves, 1 de julio de 2021

90. Y también los jueces

Si en la entrada del pasado martes confesé estar altamente confundido con la problemática de esta pandemia, te juro que hoy jueves he superado con creces aquella situación y el enredo ha ido en aumento. A este paso, vete tú a saber qué demonios me depara el futuro de aquí al domingo. Ya no me pongo plazos más largos porque la realidad es tan cambiante que de un rato para otro la versatilidad me provoca graves dolores de cabeza.

Nada voy a repetir acerca de la cantidad de peritos que pululan por las redes sociales. Amén de algunos medios de comunicación (tradicionales) que se suben al carro de los despropósitos y echan cada día un poco más de leña a esta hoguera… de las vanidades.

Cuando redacto estás líneas, en Canarias hemos vuelto a superar los 3000 contagiados. Estuvimos no ha tanto en casi la mitad. Unos 2000 se contabilizan en la zona metropolitana (Santa Cruz-La Laguna) tinerfeña. Que es donde más se elevaron las voces contra la implantación del nivel 3. Y el sector más perjudicado por las severas medidas adoptadas, el de hostelería y restauración, solicitó ante el Tribunal Superior de Justicia de Canarias, la suspensión cautelar de las medidas establecidas por el Gobierno de Canarias. En su derecho estaban, y están, faltaría más.

La Sala de lo Contencioso Administrativo entendió que no procedía siquiera dar trámite de audiencia a la parte demandada y sostiene que el cierre del interior de los locales, así como la limitación del aforo en las terrazas, “ni se ha demostrado como las causas de los contagios ni se prevén como las soluciones”. Y, en consecuencia, barra libre de nuevo.

Se supone que uno debe acatar las resoluciones judiciales. Que pudieron ser, en este particular caso, otras completamente diferentes. Porque si los jueces hubiesen argumentado a contrario sensu, como aquí se trata, al parecer, de sostener meras apreciaciones (no se ha demostrado que…, no se prevé como…) cualquier dictamen sería pertinente.

Si graves, entiendo, son los botellones de aquellos jóvenes faltos de perras, no menos, a mi modesto entender, esta suspensión judicial. Porque si se me argumenta que hubo una incorrecta aplicación de cualquier norma legislativa, habría que aceptar el fallo sin rechistar. Pero la tesis esgrimida tiene menos consistencia que la incertidumbre social ante la propagación del virus. Un servidor invitaría, igualmente, a que no se carguen tintas contra la juventud. Y los invitaría a que recurran las denuncias por estar hasta las tantas de tenderete en espacios públicos, porque, y al dictamen judicial me remito, no queda meridianamente claro que sean ‘la causa de los contagios ni se prevé que ponerles una multa sea una buena solución’.

Nos quejamos amargamente de que el turismo británico continúe vetado. Mientras, la variante Delta (la india) mantiene en vilo a los responsables sanitarios de Reino Unido. Porque sigue afectando, y de manera notable, incluso a los completamente vacunados. Con una incidencia de mortalidad notoria en el sector de los de más de cincuenta años. Lo que implica, ineluctablemente, que a más edad, más riesgo. Por lo que, independientemente de los palpables avances, las medidas de salud pública tan conocidas –mascarillas, distancia física e higiene de manos– deberán permanecer en nuestro ideario sanitario durante un buen tiempo.

Y en Tenerife, recalco, sus señorías conciben que como no está clara la relación causa-efecto, aceptan a pie juntillas que los contagios son imprevisibles. Las causas deben ser indeterminadas. Y los efectos, pensaba yo, que eran bien patentes.  Y los unos y las otras tienen que ser tratados desde la más estricta objetividad. Aunque me da que la carga de subjetividad de los jueces de esta película es tan grande, que dentro de mi libertad de pensamiento, opinión y expresión bien podría especular que se están cobrando aquella redada policial en Lanzarote en la que fue descubierto un magistrado incumpliendo las normas. Y si me van a contrarrestar este parecer con aquello de que también son humanos, te devuelvo la moneda espetándote que mis argumentos “nunca fueron tan fáciles de justificar”.

Termino con “ahora cierro, mañana abro y pasado el gobierno dirá”. Que lo manifieste yo, o el dueño de un bar, vale. Pero que sea un fundamento de derecho, me da que el virus podrá seguir mutando y riéndose de nosotros hasta que las ranas tengan pelos. Deduzco, en lógica consecuencia, que cada vez son –somos– más los del paso cambiado.

Mañana, si el gobierno y la justicia no me ponen pegas, volvemos.

martes, 29 de junio de 2021

88. Nivel 3

En ello (y en él) estamos. Pero sigo sin saber a quién hacerle caso, a quién prestarle atención. Son tantos los canales de información a tu alcance, que te resulta tremendamente difícil llevar a cabo la pertinente composición de lugar. Lo mismo el que me llena de gasoil el depósito del coche –persona, obviamente, cargada de mucho combustible– suelta una perorata de mucho cuidado acerca del comportamiento del virus y las consecuencias negativas de las pruebas de detección, que un prestigioso virólogo atestigüe más dudas que certezas, al tiempo que el convencimiento de que aquel que no se vacune acabará por infectarse.

Pero todos lo españoles –mal que nos aqueja desde siempre y para el que no existe vacuna alguna aún– somos unos “fernanditos simones” en potencia. O sin potencia, lo somos y punto. Un somero recorrido por las redes sociales no solo basta para cerciorarte, sino que contribuye sobremanera en elevar tu… ego personal.

Lo que acontece en Tenerife se debe a que todas las pruebas de diagnóstico se llevan a cabo en esta isla, mientras que a la de enfrente se trata con otros baremos. Y existe una razón de peso: el pacto de las flores. En la foto de marras, que dio lugar a la alianza para gobernar en estas ínsulas, los cuatro elementos causantes de todas nuestras desgracias: Ángel Víctor, Román y Noemí, canariones de pura cepa; y Casimiro, gomero de retranca, a sabiendas de que sus convecinos, junto a palmeros y herreños, tiran más por la otra capital insular. Así como majoreros y conejeros lo hacen por esta isla. ¿O no?

Para sostener lo manifestado en el párrafo precedente no es necesario concienzudos estudios. Como tampoco el repaso de rigor por las redes sociales. Este pasado domingo, un periodista caracterizado por sus permanentes bandazos –no lo llamo veleta porque va más allá de esos insignificantes giros– nos deleitaba con una exposición que daba crédito a la cantinela. Aunque mañana sostendrá lo contrario, y tan ancho.

José Manuel Bermúdez Esparza, nacido en Las Palmas en 1966, y afiliado a la ATI más profunda desde que tenía 18 años, es el actual alcalde santacrucero. Aupado a la poltrona por una concejala tránsfuga, nacida en Venezuela (como mi alcalde), hace honor a su segundo apellido y esparce por doquier que los datos de Santa Cruz no son los peores de Canarias. Que todo se trata de un persecución para hundir los comercios (hostelería y restauración, mayormente) de la isla picuda. Por ello, quiero imaginarme, tiene sobre la mesa millares de denuncias por infracción de las normas implantadas durante la pandemia y solo ha tramitado un par de decenas. Hasta aquella en la que estaba implicada la jefa de la policía, pasó a mejor vida. Se trata de la versión mejorada del laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même: dejen hacer y dejen pasar, el mundo va solo. Máxima que sostienen estos políticos, sin percatarse de que, siguiéndola a pie juntillas, ellos serían los que sobran, los estorbos.

Nuestro hombre, que estudió –eso reza su currículum– Derecho en La Laguna, como la mejor opción para dedicarse al periodismo o la política, ha dado órdenes tajantes para propagar las maldades de un gobierno canario –y si de camino le podemos dar unos variscazos al nacional, mejor que mejor– que pretende hundir la economía. Y los socios gubernamentales se han puesto a la labor de manera ejemplar: en Santa Cruz no pasa nada, los datos son ficticios, a Las Teresitas solo va la gente a bañarse (no se especifica si en agua o alcohol), la policía realiza controles cada segundo y todo el mundo derechito como una vela.

Esos números que indican que los contagiados capitalinos de aquí (1368) cuadruplican los de allá (366) no son verdad. Y chitón. Lo digo yo (Bermúdez) y me lo ratifica Andrés Chaves. Y eso va a misa. Además, algún alcalde popular me da, asimismo, la razón. Y no es porque viva más en Santa Cruz que en su pueblo, sino que sus másteres lo avalan. Y punto en boca, porque aquí quienes deben demostrar certezas son los científicos. Nosotros no cobramos por nimiedades. Las verdades incómodas se eluden con el negacionismo barato. Todo es pura conspiración. ¿Dónde está el virus?

Cuando pueden más las emociones y creencias que el rigor de los hechos, que lo sólidos argumentos, no es de extrañar que surjan Ayusos, Bermúdez o Domínguez. Como lo hicieron los Gil, Ruiz Mateos y Condes. Y con Facebook, Twitter, Instagram y otros, peritos&peritas en un periquete. Estamos en nivel 3, pero no pasa nada. Retírate Amos, que con José Manuel nos basta para lidiar con el bicho.

¿Se acuerdan de José Rodríguez Ramírez, aquel perito mercantil que fue propietario de El Día y de sus radicalizados editoriales, ideas xenófobas e incitación a subvertir el orden constitucional y que ostenta el nombre de una calle en mi pueblo? Pues ahora que Paulino Rivero ya navega  por nuevas rutas y pelillos a la mar con aquellos encontronazos, lo mismo ATI quiere resucitarlo. ¿O es políticamente incorrecto sacar a colación lo del Pleito Insular?

Y tú, José Manuel, tranquilo, que la culpa del nivel 3 no radica en los 1368 positivos de tu municipio, ni los 542 de La Laguna (aunque su grupo de gobierno, más comedido y menos dicharachero, guarda prudente silencio al respecto), sino los escandalosos datos de San Juan de la Rambla, Garachico, Los Silos, el Tanque y Buenavista, lugares que suelen transitar los domingueros capitalinos, aunque por estos lares se portan bien porque les basta con reproducir los comportamientos norteños. Si de tus 55 años (me salen esos desde 1966 a 2021) ya llevas 37 al pie del cañón, aquellos que presumen de récords por largas estancias se quedarán cortos dentro de bien poco ante tu empuje y decidida apuesta por… Ya me cansé. Hasta mañana.

martes, 8 de junio de 2021

72. Día aciago (y 2)

Puse cara de asombro. Bueno, acentué el rictus de incredulidad.

–No pongas ese perfil de idiota, que la lanzaste tan fuerte que llegó al patio de recreo del IES María Pérez Trujillo en el instante que salían los chicos de la ESO y eso… despachurrada para siempre jamás. No hizo falta la Pfizer, ni Moderna ni Astrazeneca. Así que venimos en plan revancha.

Y zigzagueaban amenazadoramente delante de mis fosas nasales. Un servidor ni respiraba. Y los dientes apretados por si acaso. Bueno, en aquel instante no habrían tenido la más mínima posibilidad de atacarme. Ni siquiera por la retaguardia. Imagínate cómo estaba de apretado. Amén de asustado, impresionado profundamente, me habían dejado estupefacto. Traduzco: acojonado.

–Señor, ¿le pasa algo? Oiga, señor. Ay, madre mía, a este hombre le pasó algo.

Y la pobre mujer me sacudía una y otra vez sin yo mostrar síntoma alguno de reacción.

–Échame una mano –le indicaba a otra joven que, como ella, también venía caminando en dirección a La Vera.

Mientras, yo, tieso como un palo, me cuestionaba:

–¿Cómo es posible que ellas no vean estas bolas que siguen zumbando delante de mí? Si les contesto, desde que abra la boca ya buscarán un resquicio por donde colarse y atacarme vilmente por los interiores de mis vías respiratorias. Que se jodan, callado como un tuso. Que piensen lo que quieran. Estas cabronas no me jeringan las vacaciones.

Y allí delante seguían con el maldito baile que ya me estaba desquiciando. Al tiempo, cada vez eran mayores los zarandeos de las transeúntes. Entre las unas y las otras, la escandalera iba en aumento. Otros que recorrían el sendero en dirección contraria se sumaron rápidamente a la fiesta gratuita organizada. Los móviles no daban abasto. A lo lejos ya se escuchaban las sirenas. Los primeros en llegar, por mera cuestión de cercanía, fueron los bomberos, quienes ordenaron la prudente retirada de las sacudidoras. A las que si me trancan en una liña de tender, me hubiesen dejado más planchado que dos crepes en un plato. Luego llegaron dos vehículos de la policía local de Los Realejos y uno del Puerto, una pareja de la Guardia Civil de Tráfico, otra unidad de la Policía Nacional y hasta me pareció ver –porque yo era consciente de todo lo que pasaba, pero, ya saben, ni mu– a un par de rojos de la Autonómica. Aunque, y era mi principal preocupación, allí seguían las invasoras del coronavirus. Lo deduje por su total similitud con la que me había atacado antes y que fue enviada a freír chuchangas.

Casi sin darme cuenta me vi aupado a una ambulancia de soporte vital básico (transporte sanitario no urgente) y bien sujeto a una camilla. Recordé el triste episodio de mi caída en Las Abiertas y el paseo que culminó con una estancia hospitalaria de 14 días en Bellevue. Iba preocupado, para qué decirte lo contrario. Aunque la inquietud mayor venía determinada por la presencia de las malditas asaltantes. Me extrañaba, sin embargo, que todos los que estuvieron a mi alrededor, y ahora con más razón los otros ocupantes del vehículo medicalizado, no le daban la importancia que yo entendía primordial con las que eran realmente mi motivo de tranque de precaución. Como yo no hablaba, ellos tampoco.

Esta vez me llevaron directamente al Hospital Universitario, desde donde reclamaron mi historial clínico a los centros de Hospiten, que junto a otros centros médicos como Tucán o La Villa, son los lugares por donde transito y conocen de mis debilidades y jaquecas. No muchas, afortunadamente.

El que parecía jefe de la manada de los vestidos de blanco –ingente tropa la que me saludó en tres escasas horas de permanencia– bien pertrechado de una carpeta donde se hallaban anotadas las deficiencias orgánicas y demás boberías, cuando, eso deduje, acabó el concienzudo examen de la posible casuística de mi caso, con voz solemne, y minutos antes de tramitarme el alta, sentenció:

–Estimado don Jesús…

–Cuánto honor –pensé (la boca seguía a cal y canto).

–Usted ya tiene inoculadas las dos dosis de la vacuna desde hace un mes. Considérese, por lo tanto, inmunizado. Y todo ese relato que nos ha indicado por señas, amén de la declaración escrita que ha dejado consignada, y en la que se refleja bien a las claras su capacidad escritora y hasta ciertas dosis fantasiosas, no es más que un capítulo agudo –suele ocurrir en raras ocasiones, pero le tocó la lotería– de esas hebras, o moscas, que viven en su visión y que en la presente ocasión le han jugado una muy mala pasada. Su cerebro ha exagerado la problemática y ha querido ver lo que ante sus ojos no existía. O sí, pero de una manera excesiva y distorsionando la realidad hasta el extremo de comparar una de esas nubes con la presencia, exageradamente incrementada, de la imagen de la Covid-19. El subconsciente ha puesto la guinda a un sueño despierto. No dudo que usted haya visto esos globos, fruto calenturiento de una imaginación desbordada y de un exceso informativo de pros y contras de esta pandemia que nos tiene desquiciados. Váyase tranquilo, que ya pasaremos la factura a su compañía aseguradora (Adeslas) y procure leer menos, escribir lo indispensable, viajar cuanto pueda para sana envidia de los que aún debemos trabajar unos cuantos años más...

Y entonces abrí la boca para expresarle mi agradecimiento. En el viaje de regreso a Benito Pérez Galdós (Urbanización Los Príncipes), dos curiosidades:  a la altura del lugar de los hechos me crucé con un tal Domínguez, que iba en sentido Santa Cruz, y frente a mi domicilio, la farola seguía allí, pero apagada.

lunes, 7 de junio de 2021

71. Día aciago (1)

Tranquilamente paseaba por el tramo comprendido entre El Bosque de La Gorvorana (lo poco que resta de aquel que otrora atrajera al incipiente turismo inglés de Puerto de la Cruz y que tantas concurrencias de los denominados Exploradores concitó en un pasado no tan lejano, cuyas reseñas periodísticas aún nos llaman la atención cuando nos sumergimos en las hemerotecas de las dos universidades canarias) y el Parque de La Higuerita. Me extrañaba sobremanera que no me tropezara con más viandantes. Vamos, que iba con la mosca tras la oreja, porque esa zona de la autovía suele ser una de las tantas avenidas del colesterol y frecuentada por individuos de todo pelaje.

El tiempo (atmosférico) podría definirse, como mínimo, de raro. Se hallaba a media mitad (que debe ser un cuarto) entre la clásica panza de burro y un atisbo de nubes altas con algo de calima en las capas altas, que dirían los meteorólogos. En la mar comenzaban a signarse ribetes blanquecinos, señal inequívoca de que ya se viraba, que aquella bonanza y calma chicha de días anteriores tenía los minutos contados. No me sumergió el hecho en un ídem de confusiones, pues uno es más bien de secano y tanto El Socorro como Punta Brava no me seducen demasiado.

Se escuchaba de manera harto significativa la escandalera de las aves del Loro Parque. Sí, las que están en La Bartolona. Pero tú eres demasiado joven para recordar estos nombres de antaño. De cuando la carretera se encontraba adornada con unos hermosos eucaliptos, que pasaron a peor vida cuando el progreso impuso su ritmo.

Jolines, me dije, algo raro se cuece. No me gusta nada este ambiente. Me voy a dar la vuelta, cojo el coche (estaba bien aparcado por fuera del Pabellón de Basilio) y me largo para casa. Pero no me dio tiempo. El otro, el cronológico. Del costado del Poniente del Parque surgió una minúscula bola (como si de una pelota de golf se tratase) de color rojizo y con muchas protuberancias en prácticamente toda la superficie, que se dirigió hacia mí a velocidad vertiginosa. Aquello me recordó esas películas del oeste americano cuando cabalga el fulano por el desierto y se levanta tremenda ventolera, que provoca, amén de la polvareda de turno, la súbita aparición de balones vegetales que ruedan y danzan al compás  de los resoplidos de Eolo.

Como la pierna derecha no me permite mayores alardes en las carreras de fondo (de ahí que no participe en la Bluetrail), cuando hice ademán de girar 180º, ya estaba ante mis narices –sí, flotaba– el globo con erupciones.

–Hola, tronco, soy el coronavirus y aún no he desayunado.

–Ya, coño, este me vio cara de bobo y se quiere quedar conmigo. La madre que lo parió.

No me preguntes cómo lo hice, pero la reacción fue fulminante. Atiné a cogerlo por uno de sus tentáculos y pasaron por mi mente los pretéritos episodios en los que uno practicaba diversas modalidades atléticas y lo lancé tan lejos como me permitieron las fuerzas de las extremidades superiores. Con la inestimable colaboración de una guagua que pasaba en esos momentos y el bicho fue absorbido por esa atracción fatal que provocan los vehículos de grandes dimensiones (¿a ti no te ha llevado el sombrero cuando un camión, o similar, circula a buen ritmo y te coge desprevenido? Ah, que el del sombrero soy yo).

–¡Qué suerte! ¿Qué hago? ¿Dónde habrá caído el invasor? ¡Chiquito tesegue (persona, animal o cosa de gran tamaño) de virus! ¿Me lo habré cargado para siempre jamás y la humanidad me reconocerá –en acto público, presencia de autoridades, con fotos y entrega de la metopa correspondiente– el acto heroico? Estoy hecho un flan. Qué nervios.

Me consolé y como vislumbré que se aproximaba el grupito de madres que ya habían dejado a los chicos en el colegio, respiré hondo (con la mascarilla bien ajustada, no sea que el inmundo hubiese dejado contaminado aquel sector) y proseguí el paseo.

Pero hete aquí que cuando paso por La Carajita siento un extraño ruido, como cuando baja un chorro de agua por la calle tras una intensa lluvia, y al girar la cabeza hacia La Montaña vislumbro otras dos bolas que descendían, esta vez rodando, por la carretera de La Higuerita. Se me antojaron más gordas que la anterior. Como si se hubiesen zampado cada una un par de arepas: una reina pepiada y una gringa, por ejemplo.

No te miento. Sentí miedo y me quedé como la mujer de Lot: petrificado (¿o salinizado?). Sí, tú ríete, pero se me subieron al gaznate. La saliva se me secó. Y lo peor de todo es que las condenadas esferas vuelven a realizar idéntica jugada a la primera:

–Hola, tronco, somos clones (variante embaifada, me aclaran) de la que te cargaste antes…

(finalizamos mañana)

miércoles, 7 de abril de 2021

25. AstraZeneca

Estoy asombrado. Desde que hizo acto de presencia el nuevo bicho, cualquier anomalía surgida en torno a la salud de las personas, de manera automática, sin estudios ni análisis de ningún tipo y sin conceder el principio básico de la presunción de inocencia, se cargan tintas contra la Covid 19. Ya no existen los resfriados, ni el catarro ni la gripe. Tener unas décimas de fiebre, un simple dolor de cabeza o una jaqueca de las de toda la vida, un drama. Y como te dé algo de tos y te atragantes con un poco de flema… tranquilo, ya saldrán todos corriendo y te dejarán más solo que la una.

Hombre (o mujer), qué quieres que te diga. Yo también estoy asustado. La desgracia de estar encuadrado en el grupo de los septuagenarios me tiene bailando sobre la pata buena. Nos han dejado en medio de la tormenta perfecta. A veces pienso que nos puede la psicosis. Y de ello se aprovechan medios (y cuartos) de comunicación para hacer no el agosto, sino el verano completo. Que viven de hechos puntuales, a los que les añaden unos puñados de morbo con unos (¿o unas?) Rocíos apenas. Esto es como la calle con 99 bombillas encendidas y 1 apagada. ¿En cuál ponemos el foco?

Este pasado invierno no hubo ni un ingreso hospitalario por la tan temida gripe de años anteriores. Ni un fallecido. Por favor, si tú lo has escuchado o tienes constancia de mi error, no dudes en hacérmelo saber. Porque yo solo oigo que por ahora el enemigo es el invasor chino. De aquella, ni la A ni la Z.

No hay constancia científica de que la vacuna Oxford/Astrazeneca ponga sobre el tapete más efectos secundarios que otro medicamento cualquiera. ¿O ya no leemos los prospectos? ¿Hemos corrido tupido velo al contenido del extensísimo folleto? Parece ser que sí. Y corresponde cargar tintas contra un nuevo enemigo. Que, el muy bandido, ha causado estragos en una muestra tan insignificante de vacunados, que haría el ridículo más espantoso ante cualquier antibiótico que requiere la acción de los protectores de estómago. Que sí, carajo, porque nos olvidamos que te curan de cualquier infección bacteriana, pero te revientan el depósito de los alimentos. Y luego, cuando estés pachucho, mustio y consumido, vuelves a la consulta y te dicen que el causante es un virus que anda. Oriental o nórdico, qué más da.

Pienso, honradamente, que el exceso de información –desinformación, en suma– origina demasiados quebraderos de cabeza. Y como ya todos sabemos de todo –las cátedras se adquieren con dos pinceladas en las redes sociales– nos creemos en el derecho de salir a lucirnos, demostrando conocimientos tan inconsistentes como los me gusta del bien quedar. Y espetamos con alegría desmedida: Yo no me vacuno, ni loco. En tal o cual lugar tuvo un trombo uno de los veinte millones y… ¿Y qué? ¿Suspendemos la campaña de vacunación y privamos al 99,999% de ciudadanos de la posibilidad de volver a la normalidad cuanto antes porque te correspondió ser la excepción que confirma la regla?

Antes de operarme de hiperplasia benigna de próstata (vamos, que la susodicha creció lo que no debía y más) estuve tomando unas pastillas (Tavanic), cuyo principio activo (levofloxacino) me cayó como una patada en el testículo izquierdo (presumir de los dos a estas alturas de la vida queda mal visto) y me salieron erupciones (ronchas) hasta donde no estaba escrito. Pues nada, me tocó ser otro conejillo de Indias con respecto a los efectos adversos, pero aquí estoy destupido y meando con sumo deleite y tranquilidad. Vaya lo uno por lo otro. ¿Y si te mueres? No, aquí te vas a quedar haciéndole la competencia a un tal Matusalén (969 años según la Biblia).

Esta pandemia nos está enseñando muchas cosas. Pero la principal, entiendo, es que ha desaparecido el resto de enfermedades. Que sí, claro que no es verdad, aunque seguro que tú también lo has pensado más de una vez porque solo hablamos del coronavirus. Y de seguir desconfiando, como van a llegar muchas más vacunas (otras marcas, me refiero; en este artículo no entra lo del negocio) dentro de poco, a todos los que coja la policía con fiestas y diversiones varias, en vez de ponerles una multa –que a lo mejor no pagan– a inyectarles AstraZeneca. Y al que proteste, cuatro dosis.

Mientras, sigo esperando el mensaje. Porque yo sí me vacuno.

sábado, 20 de marzo de 2021

12. Segundo resumen semanal

Se fue de garbeo a Oriente / el Papa sin mascarilla, / porque allí si el virus pilla, / él es hombre resiliente. / Lo malo es que ve la gente / los chungos comportamientos, / y luego brotan a cientos / los contagios por doquier, / porque ahora es menester / predicar con los ejemplos.

Qué espectáculo, señores, / el vivido esta semana, / donde cada cual se afana / en causarnos más dolores. / Porque obras son amores, / se habrán dicho los políticos, / y en estos momentos críticos / olvidaron sus deberes, / y tú allá por donde fueres, / echas en falta analíticos.

Las colas también tuvieron / cabida en mis comentarios, / pues me tocó sufrir varios / que más paciente me hicieron. / En el saco se metieron / futbolistas de postín, / algún político afín, / más tránsfugas señalados, / que luego todos mezclados / provocaron el festín.

Del principio asambleario / de los chicos de Podemos / hace tiempo que no vemos / ni un mínimo comentario. / Ya les debe dar mal fario / aquello que pregonaron, / porque pronto abandonaron, / cuando tocaron poder / lo que pudiera escocer: / ¡qué fácil se arregostaron!

De Ayuso no escribiré, / me tiene descolocado, / y yo con el pie cambiado, / un flaco favor me haré. Mas, no obstante, sí diré / que de Trump es seguidora, / y, por tanto, la señora, / fiel a sus doctos consejos, / plasma en Madrid los reflejos / de aquel a quien tanto añora.

Dos semanas llevo ya / en esta nueva andadura, / y si me vale de cura, / el asunto en marcha está. / En el blog usted verá / el comentario sincero, / por lo tanto, aquí te espero, / a excepción de los domingos, / sin favores ni distingos. / Saludos: el del sombrero.