lunes, 14 de junio de 2021

76. Pollaboba

Original manera la del grupo de gobierno en el ayuntamiento realejero para soslayar un hecho lamentable: el veto impuesto (censura) a la prologuista de un libro, cuyo acto de presentación (casa municipal de la cultura) fue incluido en el programa de las recientes fiestas de mayo. Y no conforme el partido popular con imponer su derecho de (no) admisión, se permite ahora el que desde la emisora municipal se continúe con las acostumbradas diatribas. No solo para insistir en la campaña de acoso y derribo a la persona cuyo pecado consistió en abrir la ventana de una nueva publicación, sino que, además, se arremete inmisericorde contra todo aquel que ose comentar el tristísimo avatar.

Corresponde, por lo visto, correr tupido velo por el insignificante desliz y aplaudir a rabiar la valiente decisión de la concejala. Porque poner de manifiesto tu disconformidad, puede significar una ingente avalancha de improperios y descalificaciones. Debemos obedecer a pie juntillas y acatar, impertérritos, los dictados de la superioridad. Ni los jefes se equivocan ni los súbditos deben erigirse en árbitros. Y no se te ocurra ir a consolar tus penas en la música pachanguera de Radio Rumberos, porque yo, y solo yo, sigo siendo el rey. La ley del embudo, harto conocida. O fonil, en canario. Menos mal que un excelente amigo sigue defendiendo nuestra idiosincrasia lingüística y espetaría un rotundo pollaboba: persona imbécil, cretino.

Se está alcanzando un punto de muy difícil retorno. Este particular enfoque de la libertad de expresión –la de ellos, que la nuestra no vale un céntimo– parece causar indescriptible regocijo en las filas de quienes en la actualidad han de regir los destinos municipales. Y cuando insultos, vejaciones, insidias y demás denuestos son aplaudidos por las paisanas de turno –aquellas que, probablemente, se ahoguen con la lectura del primer párrafo de la obra de marras (o, a lo peor, ni eso– y aleccionadas las unas (y el ¿otro?) desde la institución que debería velar por el exquisito trato informativo, amén de la correcta distribución de los dineros públicos, uno se cuestiona si el artículo 20 de la constitución española es patrimonio de todos o un mero abrigo de unos pocos.

Vuelvo a mi artículo del 4 de junio. Y retomo las palabras de Luis María Ansón y Luis Calvo, respectivamente: “El periodismo español, sobre todo el audiovisual, se ha empobrecido. En la búsqueda voraz de las audiencias o de los anhelados clics se atropella el honor y la privacidad, se insulta y se deslizan reiteradamente insidias que arruinan honras y prestigios”. “Se puede discrepar, incluso de forma total, del adversario, pero sin utilizar nunca ni el insulto ni la insidia. Eso descalifica al periodista”. Pero, claro, Ansón y Calvo son unos ceros a la izquierda. Personajes asaz inútiles. Qué decir de aquellos que osamos garabatear cuatro letras.

La emisora municipal, en determinada franja horaria, debe competir por las audiencias. Porque tal cuestión deberá llevar aparejada, al parecer, la notoriedad del presidente de su consejo de administración. Órgano en el que ni siquiera se sienta quien pudiera (o pudiese) “deslizar reiteradamente insidias que arruinan honras y prestigios”. Maldita falta que le hace, porque él es el puto amo. Que para eso es un profesional como la copa de un pino. Que bate récords cada mañana con sus programones, que consisten en abrir el micro a las llamadas telefónicas de las mismas (versión coral femenina de cierto grupo musical de las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo), quienes ratifican (confirman, corroboran, revalidan, fortalecen, certifican, legalizan, sancionan, afirman) un día sí y el otro también, las diatribas (injurias, ofensas, afrentas, improperios, escarnios, invectivas, sermones, peroratas) estentóreas (resonantes, rimbombantes, estrepitosas, clamorosas) del no va más de la comunicación. A perdonar tanta aclaración entre paréntesis. Es por si me leen. La vena de maestro, ya saben.

¿Y el resto? Calladitos están más guapos. ¿No hay más tropa, incluidos cargos públicos, con dos dedos de frente en este pueblo? Claro, pero no siguen los consejos del Padre Antonio (q.e.p.d.): de cobardes no ha escrito la historia nada. Menos mal que el grupo socialista ha dado un paso al frente y solicita la dimisión de la concejala, amén de que el alcalde dé alguna explicación de lo sucedido. Que se quedará en un gesto. Las mayorías permiten esquivar forúnculos, pero, poco a poco, el pueblo deberá despertar de su letargo. Las orgullosas palmeras también bajan a barrer el asfalto.

Estimados Salvador y Fidela: sigamos ejerciendo ese albedrío, a pesar de que alguno se empeñe en acaparamientos obscenos, obviando la riqueza contenida en el DRAE con respecto al derivado del latín libertas. Como dijo Blas de Otero: Pido la voz y la palabra. Y con ellas derribar los muros de la necedad y la censura, que en pleno siglo XXI pesan más que una tristemente famosa losa. Aunque se presuma de victorias, vencer no es convencer, que sentenciara Unamuno. En fin, voy a buscar el paraguas porque se avecina una tormenta e intuyo que no tendré suficiente protección con el sombrero. Pero vendrá bien (la lluvia) después de tanto calor.

viernes, 11 de junio de 2021

75. Excursión escolar (y 2)

Después, cuando llegó el momento de los brindis, hicieron uso de la palabra el Arcipreste del Distrito, Sr. Verde y León; el Sr. Delgado Marrero, Auxiliar-Regente de la Escuela de Icod; el Sr. Gutiérrez López, Secretario del Ayuntamiento de aquella Villa, y el Sr. Herrera, Maestro propietario de la Escuela de San Felipe. Todos estuvieron muy felices en sus peroraciones, que fueron inspiradas y patrióticas.

Terminado éste, del Ayuntamiento se dirigieron todos los concurrentes á la Iglesia Parroquial de Santa Ana. Allí, en unión de los niños y sus Profesores, tanto las Autoridades como los Sres. Párrocos y público, elevaron una plegaria á Nuestra Señora, para que intercediera cerca del Altísimo en favor del adelanto moral y material de estas Islas.

Al salir de la Iglesia, el digno Alcalde de Garachico, Sr. de León Huerta y Salazar, telegrafió al Excmo. Sr. Gobernador Civil de la Provincia, dándole cuenta de la excursión escolar que ha motivado estas líneas. Al mismo tiempo, rogóle que, en nombre de las Escuelas que la efectuaran, trasmitiera á S. M. él Rey, la felicitación que ellos le dirigían, por su conducto, con motivo de ser el 17 de Mayo, día en que la llevaron á cabo, cumpleaños de nuestro Monarca.

En los alrededores de la Iglesia, formando compacto y agradable grupo, los niños, los Maestros, las Autoridades y los Sacerdotes, fueron fotografiados por D. Julio Blanca. Este, según me dicen, ha enviado un ejemplar del grupo fotográfico que sacara, á las personas de más significación que en él figuran.

De la Iglesia de Santa Ana, dirigiéronse los excursionistas, con las Autoridades locales y personas invitadas, al ex-convento de San Francisco, edificio donde se hallan instaladas las Escuelas de niños de ambos sexos de Garachico. Allí, sus respectivos Profesores, Dª Ildefonsa Rivero de Labrador y D. Vicente J. de Armas y Martin, rivalizaron en proporcionar, tanto á los niños como á las demás personas, atenciones y agasajos. Todos fueron, además, obsequiados con galletas, dulces, vinos y licores.

Momentos después, encamináronse hacia la Iglesia del Convento de Concepcionistas. En ella, los niños, cantaron á grandes voces una Salve. Luego salieron de paseo por la población, recorriendo sus principales calles. También visitaron sus pintorescas plazas, que en el mes de Mayo lucen, entre infinidad de variadas y olorosas flores, una exuberante y lozana vegetación.

El paseo lo prolongaron hasta el muelle. De éste retornaron á la Plaza de la Constitución.

Ya en ella, á presencia de las Autoridades, los niños desfilaron ante la bandera nacional, frente á la cual pasaban con sus infantiles cabecitas descubiertas. A la terminación del desfile, entre vítores entusiastas y atronadoras aclamaciones, emprendieron los excursionistas la marcha de regreso á Icod, siendo próximamente las cinco de la tarde”.

M. Déniz Caraballo. Junio 1º de 1911.

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Unas notas aclaratorias:

a) Estoy meridianamente convencido de que ahora mismo los señores Delgado Rodríguez (Secundino) y Déniz Caraballo (Manuel) no denominarían Partido Popular (Autonomista) a su formación política.

b) Los componedores de las galeradas (tipógrafos) solían tener ciertos despistes ortográficos que, me imagino, harían flaco favor a quienes redactaban las informaciones.

c) Quiero suponer que los vinos, licores y tabaco de los agasajos en Garachico serían para los adultos acompañantes y no para los alumnos. De no ser así, la vuelta la harían en menos tiempo.

d) Cuánto prestigio hemos perdido los maestros con el devenir histórico. Y de falta de reconocimiento, ni te cuento.

e) Espero que en los archivos de los ayuntamientos respectivos se encuentren las fotografías citadas, que debieron inmortalizar el encuentro escolar.

f) El señor Gutiérrez López, secretario del ayuntamiento icodense, es el padre del gran poeta Emeterio Gutiérrez Albelo.

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Y después de la lectura –gracias por ello– tengan todos ustedes un muy feliz fin de semana. Y a los docentes, tranquilidad, que el verano está la vuelta de la esquina.

jueves, 10 de junio de 2021

74. Excursión escolar (1)

En Escuela Canaria (se publicaba los días 10, 20 y 30 de cada mes), revista de instrucción pública, y en su ejemplar del 10 de junio de 1911 (110 años hoy), páginas 1, 2 y 3, Manuel Déniz Caraballo (maestro, político, sindicalista, periodista; colaborador de innumerables cabeceras, amén de fundador, junto a Secundino Delgado, del Partido Popular Autonomista, entre otras muchas inquietudes) nos deleita con una prolija crónica de una excursión (antes la mentábamos como gira) de unos escolares icodenses. A pie, que no existía tanto remilgo como ahora. Si te pica la curiosidad y las ansias de sumergirte en pasajes históricos de nuestras islas, existe bastante documentación de Manuel Déniz y en la actualidad los buscadores de Internet nos sorprenden gratamente.

Como siempre, hagamos una transcripción literal del acontecimiento, de esa “Excursión escolar”. Vale, ahora sería un evento:

“La llevaron á cabo, el día 17 del pasado mes de Mayo, dos Escuelas de niños: la de Icod y la de San Felipe, barrio de aquella Villa, que dirigen, respectivamente, los entusiastas é ilustrados Profesores D. José Delgado Marrero y don Agustín C. Herrera.

De ambas Escuelas concurrieron á la indicada excursión escolar, como unos ciento cuarenta alumnos. Precedidos de sus banderas y llevando á su frente á sus dos Maestros, hicieron el recorrido de Icod á Garachico, henchidos de gozo, rebosantes de alegría, en menos de dos horas.

A Garachico llegaron á eso de las dos de la tarde. Recibióseles en las afueras de la población, por la Escuela de niños de dicho Puerto, que dirige el inteligente Profesor D. Vicente J. de Armas y Martin. Sus alumnos, que ascendían á unos sesenta, teniendo desplegada la bandera, que parecía tremolar orgullosa sostenida por infantiles manos, prorrumpieron en vítores y aclamaciones cuando, para unírseles, se acercaban los excursionistas.

Iban éstos acompañados, desde Icod, por los Sres. D. Sebastián Borges Manzano, Concejal del Ayuntamiento de aquella Villa; D. Emeterio Gutiérrez López, Secretario del referido Ayuntamiento; D. Juan González, Maestro sustituido de la Escuela de Icod; D. Jerónimo Delgado, padre del Auxiliar-Regente de dicha Escuela don José Delgado Marrero y los estudiantes de 2ª Enseñanza D. Nicolás Abeleira y D. Alberto Cabrera.

Ya en la población, unidas las tres Escuelas, con sus alumnos formados admirablemente, marchaban observando un orden y compostura que deleitaban. Precedidos de sus respectivas banderas y seguidos de sus Profesores, entrando por la calle de Esteban de Ponte y siguiendo por la del Norte, se dirigieron á la Plaza de la Constitución, situada frente á las Casas Consistoriales.

Al llegar allí, y cuando hicieron alto, los niños dieron vivas á España; á S. M. el Rey; al digno Sr. Gobernador Civil de Canarias, General Eulate; á Tenerife; á Icod; á Garachico y á la Provincia de Canarias.

Después, los excursionistas todos, conducidos por el Maestro de la Escuela de Garachico, D. Vicente J. de Armas y Martin, fueron á cumplimentar al prestigioso y popular Alcalde de dicho Puerto, D. Ernesto de León Huerta y Salazar. Hallábase éste en el salón de actos públicos del Ayuntamiento, acompañado de los señores D. Antonio Verde y León, Cura propio de la Iglesia Parroquial de Ntra. Sra. de Santa Ana y Arcipreste del Distrito; D. Manuel Cedrés y Hernández, Cura Párroco de San Pedro de Daute; D. Francisco Montes de Oca y García, Médico Titular, y D. Antonio Monteverde y Ponte, Concejal del Ayuntamiento y Vocal de la Junta Local de 1ª Enseñanza.

Luego de ser cortés y cariñosamente recibidos, los excursionistas, así como sus acompañantes y las personas que en unión del Sr. Alcalde se hallaban en el Ayuntamiento, en el mismo salón de actos públicos de éste, fueron obsequiados expléndidamente con pastas, vinos, licores y tabacos.

Y mientras esto se llevaba á cabo, en medio de la mayor alegría y una fraternidad grande, el niño de la Escuela de Garachico Melchor de la Torre y Arocha, saliéndose del grupo de sus compañeros, adelantóse hacia los señores presentes y pidió permiso para leer unas cuartillas que sostenía en su diestra mano, las que leyó, perfectamente bien, después de obtenida la venia que solicitaba. Eran una sentida salutación dirigida por la Escuela de Garachico á los dignos Profesores y estudiosos alumnos de las Escuelas de Icod. Su lectura valió plácemes al niño Melchor de la Torre y Arocha y parabienes á su entusiasta Maestro D. Vicente J. de Armas y Martin.

(finalizamos mañana)

miércoles, 9 de junio de 2021

73. Epígolo

Mucho me costó llegar a decir estómago. Inmensos recorridos plataneros ─el maestro me aconsejó que lo repitiera hasta cuando le cogía la hierba a los conejos─ y demasiados estógamos me supusieron enormes quebraderos de cabeza. Solo por eso, y no es poco, me ha dado la tremenda gana de epigolar ─qué verbo más raro─ este relato. No es el final, ni la consecuencia o la prolongación. Es, simplemente, la última aclaración.

Te podría preguntar ahora: ¿te gustó? Y tú contestarme: me supo. Sería lo ideal, ¿no crees? Porque esta extraña mezcla pudo resultar explosiva. Pero se trata ─en el fondo, muy en el fondo─ de un cuento navideño ─¿sólo? ─, no te olvides. Lo malo es que en este mundo nuestro, más revuelto cada vez, ni fechas tan señaladas se respetan. No hay treguas, ni altos en el camino. La dinámica del acelerón conduce en este maremágnum de prisas a metas inciertas. Prevalece el todo vale y que cada palo aguante su vela. Se olvidó el tender la mano al necesitado para ayudarle a sobrevivir, a sacar a mucha gente de profundos pozos. La sociedad de consumo ha alcanzado grados inimaginables de paroxismo. No sé para qué vale, pero como no ocupa lugar... Puede ser el ejemplo de una filosofía rara, atípica. Pero el optimismo de los cambios cíclicos que la historia nos ha deparado, hace que mantengamos la esperanza.

Ante mí un cuadro de punto de cruz. Que representa dos menudos personajes enfrascados en sus estudios. Él,  reflexivo y serio, parece no hallar la solución al problema planteado. Pero en su bolsillo trasero asoma la guindadera de siempre. La del palo en forma de y griega mayúscula y los elásticos obtenidos de cualquier neumático inutilizado. O, mejor, los eslásticos de los gosmáticos. ¿O tal vez diosmáticos? Sí, de los mismos que valían de inmensos flotadores en ese mar del relato, cuando las colchonetas y demás artilugios eran aún productos desconocidos. Parece que el chico tiene tiempo para las dos cosas, para la preparación intelectual y para el ejercicio de sus actividades manuales. Que pueden pasar, perfectamente, por los tiros indiscriminados a los lagartos de los molleros y paredes. Pero nunca al mal intencionado de los mal denominados estudiantes de ahora mismo, de cuando redacto estas líneas. Porque ojalá cuando alguien las lea constituyan un anacronismo. Me alegraría profundamente de haber metido la jambe.

¿Y ella? Déjalo estar, si nos dan vuelta y media en todo. Parece no tener mayores dudas en llevar a cabo su labor instructiva.

¿Cuento-poema o poema-cuento? ¿Qué te cuento? Ahí estuvo. Siete estaciones, siete estadios, siete paradas, siete fondas en la mar, que diría la canción. Todas surgidas de las profundidades del Atlante. A la espera de una octava ─admito reproches gracioseros─ en unos millones apenas de años. ¿Y qué es tal período para un cuento? Una distancia aparentemente larga de un extremo al otro. Pero escuché una vez, eso dicen los entendidos, que un avión militar de no sé qué marca tardaría apenas seis o siete minutos en sobrevolar este espacio del cuento. Siempre que el pistoletazo de salida se dé cuando ya alcance su máxima velocidad. Es decir, que deberá coger impulso desde África, para cuando esté en la vertical de La Graciosa vaya a toda pastilla. Eso de coger impulso me recuerda nuevamente el carnero mocho ─léase, sin cuernos─ y traicionero a más no poder, que agarraba a sus contrincantes por sorpresa. Contando con la ventaja de ser confundido con una oveja si lo mirabas por la trompa. Qué hocico. Porque si tenías la oportunidad de observarlo por la retaguardia, comprobabas que le sobraban ‘argumentos’. Bien colocados y colgantes, como los jardines de Babilonia. ¡Ay, maravillas del mundo! Algo te dije en el relato, pero fue la envidia de los alrededores, el number guan entre el ganado lanar femenino. Las tenía desmelenadas perdidas. ¿Cabras locas? Tal vez no, pero familias sí.

En fin, perdónenme las abuelas. Sobre todo aquellas a las que los años les ha endurecido el oído. Puede que por haber escuchado más de la cuenta. Y al final, como casi siempre, para lo que hay que oír. Así se consuela hasta aquel que la miopía le ha causado tremendos estragos.

Hablaremos mañana con más detenimiento, decía mi suegra tras pasar cinco larguísimas horas de charla con la vecina. Por ello, lo dejamos aquí, ¿te parece? Y así tenemos la excusa de volvernos a ver, que son señas de volver.

Ya está. Menudo éxito si alcanzaste esta página. Aunque hayas pegado por detrás. Como me señalaba un chico en clase, menos mal que tenemos la telebasura, si no, lo mismo nos poníamos a leer, con lo aburrido que es tal menester. Y cansado. Eres el rival más débil. Adiós.

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Otra más de las locuras con las que me sorprende el ordenador. Ni me acuerdo si ha sido publicado con anterioridad. Y que guardo a buen recaudo por si un día me da por editar boberías. Material existe. Dinero, ni un euro. Y como no pienso llorar ante nadie, por si me censuran…

martes, 8 de junio de 2021

72. Día aciago (y 2)

Puse cara de asombro. Bueno, acentué el rictus de incredulidad.

–No pongas ese perfil de idiota, que la lanzaste tan fuerte que llegó al patio de recreo del IES María Pérez Trujillo en el instante que salían los chicos de la ESO y eso… despachurrada para siempre jamás. No hizo falta la Pfizer, ni Moderna ni Astrazeneca. Así que venimos en plan revancha.

Y zigzagueaban amenazadoramente delante de mis fosas nasales. Un servidor ni respiraba. Y los dientes apretados por si acaso. Bueno, en aquel instante no habrían tenido la más mínima posibilidad de atacarme. Ni siquiera por la retaguardia. Imagínate cómo estaba de apretado. Amén de asustado, impresionado profundamente, me habían dejado estupefacto. Traduzco: acojonado.

–Señor, ¿le pasa algo? Oiga, señor. Ay, madre mía, a este hombre le pasó algo.

Y la pobre mujer me sacudía una y otra vez sin yo mostrar síntoma alguno de reacción.

–Échame una mano –le indicaba a otra joven que, como ella, también venía caminando en dirección a La Vera.

Mientras, yo, tieso como un palo, me cuestionaba:

–¿Cómo es posible que ellas no vean estas bolas que siguen zumbando delante de mí? Si les contesto, desde que abra la boca ya buscarán un resquicio por donde colarse y atacarme vilmente por los interiores de mis vías respiratorias. Que se jodan, callado como un tuso. Que piensen lo que quieran. Estas cabronas no me jeringan las vacaciones.

Y allí delante seguían con el maldito baile que ya me estaba desquiciando. Al tiempo, cada vez eran mayores los zarandeos de las transeúntes. Entre las unas y las otras, la escandalera iba en aumento. Otros que recorrían el sendero en dirección contraria se sumaron rápidamente a la fiesta gratuita organizada. Los móviles no daban abasto. A lo lejos ya se escuchaban las sirenas. Los primeros en llegar, por mera cuestión de cercanía, fueron los bomberos, quienes ordenaron la prudente retirada de las sacudidoras. A las que si me trancan en una liña de tender, me hubiesen dejado más planchado que dos crepes en un plato. Luego llegaron dos vehículos de la policía local de Los Realejos y uno del Puerto, una pareja de la Guardia Civil de Tráfico, otra unidad de la Policía Nacional y hasta me pareció ver –porque yo era consciente de todo lo que pasaba, pero, ya saben, ni mu– a un par de rojos de la Autonómica. Aunque, y era mi principal preocupación, allí seguían las invasoras del coronavirus. Lo deduje por su total similitud con la que me había atacado antes y que fue enviada a freír chuchangas.

Casi sin darme cuenta me vi aupado a una ambulancia de soporte vital básico (transporte sanitario no urgente) y bien sujeto a una camilla. Recordé el triste episodio de mi caída en Las Abiertas y el paseo que culminó con una estancia hospitalaria de 14 días en Bellevue. Iba preocupado, para qué decirte lo contrario. Aunque la inquietud mayor venía determinada por la presencia de las malditas asaltantes. Me extrañaba, sin embargo, que todos los que estuvieron a mi alrededor, y ahora con más razón los otros ocupantes del vehículo medicalizado, no le daban la importancia que yo entendía primordial con las que eran realmente mi motivo de tranque de precaución. Como yo no hablaba, ellos tampoco.

Esta vez me llevaron directamente al Hospital Universitario, desde donde reclamaron mi historial clínico a los centros de Hospiten, que junto a otros centros médicos como Tucán o La Villa, son los lugares por donde transito y conocen de mis debilidades y jaquecas. No muchas, afortunadamente.

El que parecía jefe de la manada de los vestidos de blanco –ingente tropa la que me saludó en tres escasas horas de permanencia– bien pertrechado de una carpeta donde se hallaban anotadas las deficiencias orgánicas y demás boberías, cuando, eso deduje, acabó el concienzudo examen de la posible casuística de mi caso, con voz solemne, y minutos antes de tramitarme el alta, sentenció:

–Estimado don Jesús…

–Cuánto honor –pensé (la boca seguía a cal y canto).

–Usted ya tiene inoculadas las dos dosis de la vacuna desde hace un mes. Considérese, por lo tanto, inmunizado. Y todo ese relato que nos ha indicado por señas, amén de la declaración escrita que ha dejado consignada, y en la que se refleja bien a las claras su capacidad escritora y hasta ciertas dosis fantasiosas, no es más que un capítulo agudo –suele ocurrir en raras ocasiones, pero le tocó la lotería– de esas hebras, o moscas, que viven en su visión y que en la presente ocasión le han jugado una muy mala pasada. Su cerebro ha exagerado la problemática y ha querido ver lo que ante sus ojos no existía. O sí, pero de una manera excesiva y distorsionando la realidad hasta el extremo de comparar una de esas nubes con la presencia, exageradamente incrementada, de la imagen de la Covid-19. El subconsciente ha puesto la guinda a un sueño despierto. No dudo que usted haya visto esos globos, fruto calenturiento de una imaginación desbordada y de un exceso informativo de pros y contras de esta pandemia que nos tiene desquiciados. Váyase tranquilo, que ya pasaremos la factura a su compañía aseguradora (Adeslas) y procure leer menos, escribir lo indispensable, viajar cuanto pueda para sana envidia de los que aún debemos trabajar unos cuantos años más...

Y entonces abrí la boca para expresarle mi agradecimiento. En el viaje de regreso a Benito Pérez Galdós (Urbanización Los Príncipes), dos curiosidades:  a la altura del lugar de los hechos me crucé con un tal Domínguez, que iba en sentido Santa Cruz, y frente a mi domicilio, la farola seguía allí, pero apagada.

lunes, 7 de junio de 2021

71. Día aciago (1)

Tranquilamente paseaba por el tramo comprendido entre El Bosque de La Gorvorana (lo poco que resta de aquel que otrora atrajera al incipiente turismo inglés de Puerto de la Cruz y que tantas concurrencias de los denominados Exploradores concitó en un pasado no tan lejano, cuyas reseñas periodísticas aún nos llaman la atención cuando nos sumergimos en las hemerotecas de las dos universidades canarias) y el Parque de La Higuerita. Me extrañaba sobremanera que no me tropezara con más viandantes. Vamos, que iba con la mosca tras la oreja, porque esa zona de la autovía suele ser una de las tantas avenidas del colesterol y frecuentada por individuos de todo pelaje.

El tiempo (atmosférico) podría definirse, como mínimo, de raro. Se hallaba a media mitad (que debe ser un cuarto) entre la clásica panza de burro y un atisbo de nubes altas con algo de calima en las capas altas, que dirían los meteorólogos. En la mar comenzaban a signarse ribetes blanquecinos, señal inequívoca de que ya se viraba, que aquella bonanza y calma chicha de días anteriores tenía los minutos contados. No me sumergió el hecho en un ídem de confusiones, pues uno es más bien de secano y tanto El Socorro como Punta Brava no me seducen demasiado.

Se escuchaba de manera harto significativa la escandalera de las aves del Loro Parque. Sí, las que están en La Bartolona. Pero tú eres demasiado joven para recordar estos nombres de antaño. De cuando la carretera se encontraba adornada con unos hermosos eucaliptos, que pasaron a peor vida cuando el progreso impuso su ritmo.

Jolines, me dije, algo raro se cuece. No me gusta nada este ambiente. Me voy a dar la vuelta, cojo el coche (estaba bien aparcado por fuera del Pabellón de Basilio) y me largo para casa. Pero no me dio tiempo. El otro, el cronológico. Del costado del Poniente del Parque surgió una minúscula bola (como si de una pelota de golf se tratase) de color rojizo y con muchas protuberancias en prácticamente toda la superficie, que se dirigió hacia mí a velocidad vertiginosa. Aquello me recordó esas películas del oeste americano cuando cabalga el fulano por el desierto y se levanta tremenda ventolera, que provoca, amén de la polvareda de turno, la súbita aparición de balones vegetales que ruedan y danzan al compás  de los resoplidos de Eolo.

Como la pierna derecha no me permite mayores alardes en las carreras de fondo (de ahí que no participe en la Bluetrail), cuando hice ademán de girar 180º, ya estaba ante mis narices –sí, flotaba– el globo con erupciones.

–Hola, tronco, soy el coronavirus y aún no he desayunado.

–Ya, coño, este me vio cara de bobo y se quiere quedar conmigo. La madre que lo parió.

No me preguntes cómo lo hice, pero la reacción fue fulminante. Atiné a cogerlo por uno de sus tentáculos y pasaron por mi mente los pretéritos episodios en los que uno practicaba diversas modalidades atléticas y lo lancé tan lejos como me permitieron las fuerzas de las extremidades superiores. Con la inestimable colaboración de una guagua que pasaba en esos momentos y el bicho fue absorbido por esa atracción fatal que provocan los vehículos de grandes dimensiones (¿a ti no te ha llevado el sombrero cuando un camión, o similar, circula a buen ritmo y te coge desprevenido? Ah, que el del sombrero soy yo).

–¡Qué suerte! ¿Qué hago? ¿Dónde habrá caído el invasor? ¡Chiquito tesegue (persona, animal o cosa de gran tamaño) de virus! ¿Me lo habré cargado para siempre jamás y la humanidad me reconocerá –en acto público, presencia de autoridades, con fotos y entrega de la metopa correspondiente– el acto heroico? Estoy hecho un flan. Qué nervios.

Me consolé y como vislumbré que se aproximaba el grupito de madres que ya habían dejado a los chicos en el colegio, respiré hondo (con la mascarilla bien ajustada, no sea que el inmundo hubiese dejado contaminado aquel sector) y proseguí el paseo.

Pero hete aquí que cuando paso por La Carajita siento un extraño ruido, como cuando baja un chorro de agua por la calle tras una intensa lluvia, y al girar la cabeza hacia La Montaña vislumbro otras dos bolas que descendían, esta vez rodando, por la carretera de La Higuerita. Se me antojaron más gordas que la anterior. Como si se hubiesen zampado cada una un par de arepas: una reina pepiada y una gringa, por ejemplo.

No te miento. Sentí miedo y me quedé como la mujer de Lot: petrificado (¿o salinizado?). Sí, tú ríete, pero se me subieron al gaznate. La saliva se me secó. Y lo peor de todo es que las condenadas esferas vuelven a realizar idéntica jugada a la primera:

–Hola, tronco, somos clones (variante embaifada, me aclaran) de la que te cargaste antes…

(finalizamos mañana)

viernes, 4 de junio de 2021

70. ¿Periodistas?

No es Luis María Ansón santo de mi devoción. Qué pareado más tonto. Como tampoco lo es Francisco Marhuenda. Bueno, y unos cuantos más. Pero uno debe ser capaz de picotear aquí y allá (beber en todas las fuentes) si pretende analizar con el suficiente conocimiento de causa. No te ocurra lo que a (in)ciertos telepredicadores, capaces de examinar el deambular errante de los cangrejos machos del río Amazonas en busca de sus congéneres del otro sexo, con un aplomo y una arrogancia que ya bien hubiese querido en vida el recordado Félix Rodríguez de la Fuente. El que vale, vale; el que no…

“El periodismo español, sobre todo el audiovisual, se ha empobrecido. En la búsqueda voraz de las audiencias o de los anhelados clics se atropella el honor y la privacidad, se insulta y se deslizan reiteradamente insidias que arruinan honras y prestigios”, escribió Ansón recientemente. Y yo, ipso facto, puse unos cuantos retratos. ¿A que tú también? Y ambos nos preguntaremos que cómo se cura esta enfermedad de la que adolecen unas pocas emisoras de radio y/o de televisión. En las que (in)determinados personajes, que se adhirieron la etiqueta de periodistas en cuanto se vieron delante de una alcachofa, entienden que el solaz y el divertimento deben pasar por la burla, el infundio, el escarnio, la mofa, cuando no la injuria, la ofensa y el ultraje. A las que se prestan las cuatro paisanas de turno (que sí, ni hagas cruces ni me crucifiques, las mismas de siempre, peritas en todo y en lo siguiente) para general regocijo de los servidores públicos que administran de tal guisa nuestros dineros. Y si por contar lo que espejuelos no requiere, me vas a llamar machista, adelante. Pero ve al oculista en cuanto puedas. Y eso que, por ahora, no me sumerjo en las ínclitas redes sociales.

Luis Calvo, quien fuera director de ABC desde 1953 a 1962, abunda: “Se puede discrepar, incluso de forma total, del adversario, pero sin utilizar nunca ni el insulto ni la insidia. Eso descalifica al periodista”. Si lo fuera, añado yo. Porque al que debe recurrir a tales procedimientos, no puede ser habilitado en tan digna profesión. Que no guarda relación alguna con estancias universitarias, pero sí con algo llamado deontología: parte de la ética que trata de los deberes, especialmente de los que rigen una actividad profesional. Los implicados, que no presuntos, no es que se la pasen por el forro del chaleco (ojalá fuera solo eso), es que se quedaron en la lección anterior cuando decidieron fugarse de clase para siempre jamás. Normal, y desde esos remotos tiempos sabían más que sus profesores. Ni comparancia (puede que por deformación de comparanza), que diría un amigo.

¿Que cómo se cura? Con educación y cultura. Y no significa ello (o no debe guardar relación) que sea el paso por aulas de centros docentes el único medio para alcanzar ese fin. Porque la crianza, la enseñanza y la doctrina se maman desde chico. Y quien crece cambado, mal síntoma.

Si el medio es público, algo tan simple como meditar el voto puede desfacer entuertos. Porque quien comete las fechorías se siente arropado institucionalmente y cada vez pretende volar más alto. Tiende a imitar. Hay retroalimentación. En mi pueblo, un poco sabemos al respecto los no abducidos. Con los de las orejeras, paciencia. No queda otra. Cuando aterricen los endiosados –o se estrallen como una pita– lo mismo despiertan. Meto la mano en el agua…

Y si es privado, más fácil la desconexión. El botón rojo del mando a distancia. Aunque muchas veces ellos solos se disparan en los pies. Cerca de la desembocadura del Barranco San Felipe, las diferencias económicas ya han surtido efecto. Cuando unos cuantos más hagan como yo y no acudan a los establecimientos comerciales que se publicitan en el antro (como el burro que murió cuando el amo ya lo tenía acostumbrado a no comer), fácil será deducir el desenlace. No solo de improperios puede vivir el hombre. Por muy hombre que sea –o lo pretenda– cuando la tripa tira, hasta la ‘vox’ se apaga. Un poco más arriba, por los aledaños del Salto del Barranco, quien a hierro mata no puede morir a sombrerazos. Con tantos tambores de guerra, muy difícil la conciliación.

Sí, admito la existencia de muy buenos profesionales sin los estudios de periodismo. Pero no comulgo con quienes se dicen periodistas cuando solo son cantamañanas (persona informal, fantasiosa, irresponsable, que no merece crédito). Y lo de persona (individuo de la especie humana), con todas mis reservas. Hacerse alguien persona (afectar poder o mérito sin tenerlo o jactarse vanamente), lo ponen en práctica cada día. Pero lo que la natura no da, sin antídoto, aunque vayas a bañarte muchas veces en el río Tormes.

¿Periodistas? No, estropajos (acepción cuarta del DRAE). Hasta el lunes.

jueves, 3 de junio de 2021

69. Los Realejos: entre el abandono y el desprecio

A perdonar el extenso titular. No es mi costumbre recurrir a tales enunciados. Pero debo confesar que hoy he pecado gravemente: me he copiado. Y la culpa –alguien debe pagar el pato– es del señor de la foto. Que a la vasta (que no basta) nómina de cargos, tantas veces citada en este medio por el que te traslado mis pareceres, le ha sumado el de escritor. O periodista. O comunicador. O articulista. Lo que prefieras. Y al igual que mi amigo Casimiro Curbelo, ahora también se alonga Domínguez a las páginas de Diario de Avisos con una columna dominical. Lo entiendo: no iba a ser menos que el gomero.

Cuánta capacidad la de ‘ambos dos’. Me tienen asombrado. Saben ustedes, estimados amigos, que ya transito por la plácida etapa de la jubilación y disfruto –al menos en teoría– de todo el tiempo para hacer lo que me dé la realísima gana. Y te juro que a veces me acuesto, a eso de las once de la noche, lamentándome amargamente por no haber finalizado la tarea que tenía programada para resolver durante el día. Con lo que me entra tremenda frustración y me siento inútil. Menos mal que luego sueño y se me pasa. Y en los brazos de Morfeo siempre me pongo en la piel de los ilustrados (¿o superdotados?) y la adrenalina se dispara. Resuelvo en un par de horas todo aquello que se me había quedado en el tintero. Cuántos escritos se han pergeñado durante las tinieblas a las que Effico nos tiene acostumbrados. Déjalo. No dijiste que ya se sustituyeron las bombillas fundidas. Vale. De acuerdo. Ja, ja, y ja. La de mi calle aguantó una noche. Otra vez en tinieblas. A lo que iba.

Este último domingo, el presidente del PP en Tenerife (o la negra de turno; sí, ¿por qué debe ser siempre un negro) escribió el artículo de marras bajo el siguiente epígrafe: Canarias: entre el abandono y el desprecio. En él arremete inmisericorde contra Pedro Sánchez. Apunta bien alto. Nada de intermedios. A la yugular. Por inepto. Mira que no venir a las islas, aunque sea para sacarse la foto. No lo podemos permitir. Hay que echarse a la calle porque este gobierno ‘progre’ de los socialistas y comunistas no mueve un dedo por Canarias. Nos tienen abandonados y, asimismo, el Gobierno de Canarias, “amordazado por un silencio cómplice, calla”.

Por un ejercicio de lógica elemental, deduzco que don Manuel (o la negra) escribirá esas líneas desde la cómoda poltrona parlamentaria. Durante los muchos instantes en que olvida –se le va el santo al cielo– que es alcalde de la muy noble Villa de Viera. Porque si se hubiese detenido a pensar, siquiera cuatro segundos, antes de remitir al Diario su perorata (discurso, arenga, qué rico nuestro idioma), se habría percatado de que él mismo podría ser retratado por ese abandono y desprecio con que nos trata a los realejeros. Siempre tropieza con la misma piedra y parece no darse cuenta de que la tortilla se le sigue virando. Me extraña que nadie de su entorno –vaya asesores– le haya indicado nada al respecto. ¿Tan torpes y cegatos son todos? ¿Cómo no le advierten de que cuanto dice y plasma es completamente reversible? La obediencia ciega no es –no debe ser– óbice para que pongan en práctica alguna vez aquello de que amor no quita conocimiento. ¿Dónde están las secretarias particulares? ¿Valen solamente para disparar fotos y adecuar horarios para los cursillos de parapente?

Que sí, Manolo, ¿cómo se te ocurre poner en solfa al adversario político con un planteamiento con el que te pueden dar por los bezos? Piensa un fisco, ya que la cohorte que tienes a tu lado no vale un pimiento. Rodéate de gente valiosa y no de simples palmeros en busca de las prebendas de rigor. Cuánta mediocridad. Cómo puedes permitir estos deslices –ya sé que tú no dispones de tiempo– que dañan la honorabilidad de todo un  Licenciado en Dirección y Administración de Empresas en la especialidad de Marketing por la Escuela Superior de Management y Master MBA por la Universidad de Wyoming. Échalos a la calle. Yo, de hallarme en tu pellejo, hubiese contratado a un par de maestros de escuela. No poseerán la altísima cualificación de otros, pero son capaces de razonar. Y eso en la actualidad es todo un valor.

Sabes que no te voy a cobrar nada por los consejos. Ya voy servido a estas alturas de la vida. Pero espero y deseo que en el artículo del próximo domingo te muestres más cauto, seas más precavido. No me hagas caso a mí, pero piensa en Ortega y Gasset. Primero debes ser yo (a saber, el alcalde) y luego tus circunstancias (los añadidos). Tenlo siempre presente cuando vayas a estampar la firma en cualquier documento. Lo hayas escrito tú (raro, pero siempre hay resquicios para la inspiración) o, lo más probable, que te lo brinden realizado. Cuídate de tus amigos, que los enemigos no te van a traicionar. A mandar.

miércoles, 2 de junio de 2021

68. Y no pasa nada, oiga

Imagina tú que un buen día se culmina una vieja aspiración. La que faltaba en la terna para sentirte realizado. Porque antes ya habías plantado el árbol y la familia se había incrementado con la incorporación de algún vástago al linaje. Restaba, claro, el libro. Tras ímprobos esfuerzos –nadie conoce cuánto dolor supone si no te has sumergido en la vorágine– ves ante ti el fruto de muchas horas de soledad, palpas con tus dedos aquellas hojas impresas que salieron en momentos de encendidos de bombillas, cierras los ojos y agradeces a los que te rodean que te hayan dejado dar rienda suelta a inquietudes que dormían en la gaveta de los recuerdos…

Atrás quedó la dura travesía. A la que hubo de añadir los malos tragos de la búsqueda de los dineros. Porque este parto, desgraciadamente, ha de ser atendido en clínica privada. La cartilla de la seguridad social no cubre este tipo de locuras. Y es complicado, penoso y, a veces, exasperante. Pero recordaste la vieja máxima de que barco parado no gana flete, le echaste bemoles y tiraste pa´lante. Bendita chifladura.

Cuando ese otro paso fue superado con tesón, voluntad y arrestos, creíste conveniente acudir a TU ayuntamiento para planificar el acto solemne por el que la criatura debía ser presentada en sociedad. Se te da el visto bueno y se incluye el acto en el programa festivo del mes de mayo, donde la cultura, desde siempre, ha jugado un papel primordial.

Y tú, novato siempre en lides de tal enjundia, confiesas que debes demostrar el agradecimiento a quien se alongó por vez primera a esa ventana que abres a potenciales lectores. Porque es de bien nacido invitar, a que comparta mesa y mantel, a la persona que te prologa esos renglones hilvanados con todo el cariño que has podido desplegar.

Como tú, Juan José, has roto el silencio y has dado a conocer que si “ella va a estar presente, no cuentes con nosotros”, esa losa que te endilgó la señora concejala de CULTURA, ese veto, nítido y rotundo (¿estúpido?), impuesto a la persona de Fidela Velázquez, permíteme que un servidor vuelva a poner sobre el tapete el lamentable hecho que flaco favor ha dispensado a la noble Villa de Viera. Y que el pobre no levante la cabeza porque lo mismo se nos vuelve para Las Palmas. Aconteceres como este demuestran bien a las claras que no todos los cargos públicos saben administrar las competencias que le fueron conferidas.

Me aflige, aún más, que el triste afer se haya quedado olvidado con una simple pregunta en la última sesión plenaria. A la que se responde, como casi siempre, con las evasivas de rigor en el convencimiento de que las mayorías absolutas permiten licencias de tal índole. Pues se ha jugado con mucho más que con la dignidad del autor. Y de la prologuista. Mi pueblo –aquel que me vio nacer y en el que he desarrollado casi toda la actividad que el devenir me ha encomendado– no merece acciones de tal porte. Como mínimo exíjase la dimisión de la persona que se arroga idoneidades y presencias. A los que en este municipio nos quedan dos dedos de frente, sabemos cuál hubiese sido el desenlace ante la propuesta aludida. Pero los gestos dicen mucho, aunque vayan encaminados al fracaso. Los Realejos está muy por arriba de ignominias y puñaladas. Por muy populares que resulten.

No me hallo cabizbajo. Mentiría si me empeño en sostener tal aseveración. Lo mío va mucho más allá. Me niego a pensar que mi gente siga alucinada, que no se percate de que estas derivas implican más peligro que el que pueda considerarse esta censura como una simple anécdota, como un desliz que debe ser perdonado con otro efugio más. Este pueblo es bastante más que esa masa amorfa que se distrae con la hojarasca. Que no vislumbra más que formas y no es capaz de indagar para sumergirse en el fondo. Espero y deseo que un día habrá un pueblo (perdóneme, usted, don Pedro García Cabrera, por empezar por lo más cercano) que no sea silencio amordazado.

A los gobernantes, un consejo: más alto subió la palma. A la oposición, otro: poco bagaje el colgar dos pinceladas en las redes sociales, un par de preguntas los últimos jueves de cada mes y, mientras, el pueblo en la más supina ignorancia: cuatro fiestas, unas plantas en los jardines y aplaudiendo con las orejas.

Como desagravio a los implicados (Juan José y Fidela): COMPREN EL LIBRO. Ya yo lo leí y les puedo asegurar que en sus relatos se destilan la bonhomía y crianza de las que carecen (in)determinados representantes de la soberanía popular.

Despierta, pueblo, despierta, / no es real ese embeleso, / que no te la den con queso, / mira bien lo que se oferta. / Mantén esa mente abierta, / pues humo te están vendiendo / y ante tus ojos poniendo / la venda que te obnubila, / para que en tanto la edila / mala praxis vaya urdiendo. 

martes, 1 de junio de 2021

67. ¿Ostentación o ignorancia?

Cuando redacto estás líneas, domingo por la mañana, mi alcalde guarda cuarentena por contacto estrecho (así lo mentan) con un positivo por coronavirus. Me lo dijo alguien que, a su vez, lo había escuchado en Radio Realejos. Pienso que si no paseara tanto, estaría menos expuesto a los contagios. Pero allá cada cual, que bastante tengo con lo mío.

Quizás sean esos espíritus viajeros lo que inducen a Manuel Domínguez a colgar vídeos en las redes sociales para demandar a Pedro Sánchez –uno de los tantos ejemplos– que venga a Canarias a solventar el drama de la inmigración. Y no se quede solo en Ceuta. Le faltó añadir que al estilo de José Manuel Soria, cuando ejercía de político y no de empresario en Panamá.

Fuentes dignas de todo crédito me trasladan desde la capital del reino que el presidente del Gobierno de España culmina en estos días las prácticas de vuelo en parapente. Pero de largas distancias. No como por estos lares que volamos desde La Corona hasta la santacrucera plaza de España con el fin de evitar las colas de la autopista; y las de Los Barros, todo sea dicho de paso. Y el día que la travesía tenga lugar, pondremos a caer de un burro al inepto (amén de etarra, independentista y otras lindezas varias) y lo calificaremos de prepotente, arribista, soberbio (altanero, orgulloso, altivo, arrogante, endiosado…). Lo digo por lo de las alturas, no pienses mal, por favor.

El parlamentario y presidente de los populares tinerfeños (qué poco te queda, Australia), y a veces alcalde de Los Realejos, debería dejarse aconsejar para no caer en contradicciones de libro. Porque todo aquello que predica y suplica en las facetas supramunicipales es digno de profundos análisis en las aulas de cualquier centro educativo. Sería muy interesante que se propongan sus declaraciones como texto a comentar en las pruebas de acceso a las universidades canarias, que no la de Wyoming.

Hace unos días nos sorprende compartiendo, en su perfil político (al particular, de poseerlo –me imagino que sí– no tengo acceso: me lo han prohibido) de Facebook, una reflexión que le hicieron llegar y a la que califica de buenísima. La transcribo:

“El cuervo es el único pájaro que se atreve a picotear a un águila. Se sienta sobre su espalda y muerde su cuello. Sin embargo, el águila no responde ni lucha con el cuervo; no gasta tiempo ni energía en el cuervo. Simplemente abre sus alas y comienza a elevarse más alto en los cielos. Cuanto más alto es el vuelo, más difícil es para el cuervo respirar, así pues el cuervo se cae por falta de oxígeno. Deja de perder el tiempo con los cuervos (capullos). Sólo llévalos a tus alturas y se desvanecerán”.

Ni que decir tiene que los me gusta y los comentarios laudatorios llovieron. Soy consciente de la cantidad de lumbreras que pululan por eso de la Internet. Que abarcan cualquier contenido de los conocimientos terrenales e, incluso, del más allá. Eminencias en cualquier faceta del saber y de los ignotos mundos del subconsciente.

Pero cerremos los ojos por unos instantes e imaginemos que somos alumnos enfrentados a la EBAU. Diseccionemos:

a) Una interrogante para comenzar: Lo de capullos del texto objeto de análisis, ¿era parte consustancial de la reflexión recibida, y compartida, por Domínguez, o fue añadido de su cosecha? Porque el matiz guarda importancia capital. De ser una implementación (pongo la palabreja pues a los políticos les encanta, aunque esté mal utilizada, como en mi caso), ¿somos capullos quienes osamos discrepar de los encumbrados? De ser así, y no lo pongo en duda, este aprendiz le está profundamente agradecido.

b) Cuánta verdad encierra el aserto. Cómo puede el común de los mortales respirar en esa atmósfera celestial. No solo oxígeno, todos los elementos de la tabla periódica. Cómo compararse un capullo con la majestuosidad de un vuelo ¿en parapente?

c) Solo llévalo a tus alturas. Sublime. Inconmensurable. Bendito tú que estás en los cielos y pobre de los que volamos a una cota inferior soportando vaciados de tripa, como las gallinas que duermen en el palo de abajo.

d) Qué sutil manera de poner en práctica las obras de misericordia: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, perdonar al que nos ofende, sufrir con paciencia los defectos del prójimo…

e) ¿Prepotencia o ignorancia?

Dejo a la consideración del examinador la calificación que estime conveniente.